Sencillamente sentir la vida

Ya ha amanecido y por las cortinas se cuelan los primeros rayos de sol. Unos pequeños colibríes trazan una alegre partitura con su animado trinar. En mi regazo está Ella, risueña, iniciando conmigo una coreografía de miradas mientras saborea su delicioso desayuno. Con sus pequeñas manos atrapa no sólo las mías sino mi corazón. Así es la vida que, a ritmo lento y pausado, fluye sin prisas.

Como cada mañana Ella tiene un encuentro con un mundo lleno de posibilidades, todo un desafío al que se entrega con vivo entusiasmo y deseo; explorando, investigando a través de sus sentidos. Observo y acompaño con palabras llenas de amor esos pequeños grandes descubrimientos impregnados de insólita belleza. Hoy hemos salido al jardín con el cesto de los tesoros de materiales muy sencillos: una esponja natural, una piña, un colador, un tubo de cartón, una naranja,…, no nos olvidamos de sus telas de seda y algodón, ¡le gustan tanto!; cosas cotidianas y naturales que despiertan su capacidad de sorprenderse y de autorregular la metamorfosis de su propio juego corporal y sensorial. Pero ahí están las enormes macetas llenas de color y ese viejo tiesto lleno de tierra y guijarros que despierta otra vez más su infatigable curiosidad. Me mira y me sonríe y sin dudarlo ni un sólo instante allí que se aventura a escarbar. Y yo le permito su tiempo. De vez en cuando busca mi presencia que la hace sentir segura para seguir tejiendo su proyecto vital, nos sonreímos con la mirada. Me siento afortunada de acompañar su aventura de descubrir y aprender a través de la sensorialidad impresa en cada uno de los movimientos de su cuerpo.

Le encanta moverse por la hierba llena de margaritas y pequeñas florecillas azules; la huele, la toca,… A mi mente acude una cita de Matti Bergstrom “El cerebro descubre lo que las manos exploran”, el bebé necesita tocar con todos sus sentidos (tacto – movimiento, oído, olfato, vista, gusto), para desenmarañar las pequeñas grandes cosas de lo cotidiano y construir sus propias respuestas a sus múltiples interrogantes, creando así un sentimiento de coherencia como ser que es y está en el mundo.

Ella ha cogido un simpático caracol que desde hace algunos días parece se nos ha quedado a vivir en el jardín. Me lo enseña y con su incipiente lengua de trapo me cuenta historias del caracol. Le pregunto cómo se llama nuestro nuevo amigo “¿Cómo se llama el caracol?”, Ella me responde “Col”. Maravillada y agradecida no puedo dejar de mirar esas manitas que siempre están cogiendo retales de la realidad del día a día, capturando una rica y valiosa información que le permite ir afinando su sensibilidad y movimiento, y enriquece la estructuración de su cerebro  revirtiendo, poco a poco, en la percepción de su autoconciencia psicocorporal.

Deja a Col durmiendo en el tiesto de los guijarros. Risueña Ella acude a mi incondicional regazo. Una vez más rescatamos esas rimas de dedos con las que tan bien lo pasamos, ¡por supuesto nuestro caracol Col ahora tiene su lugar en nuestro repertorio de rimas, retahílas e historias que nacen del alma!. Al tiempo que cantamos juega con mis manos, me mira, me huele, me besa, me abraza. Creamos entre las dos una esfera mágica llena de sensaciones, magia y encanto. El tacto positivo y lleno de ternura de mamá le transmite nutrición afectiva, le ofrece contención, sostén y raudales de amor, le comunica que mamá confía en ella y que la quiere tal y como es; le confiere las bases de un apego seguro, necesario para lanzarse segura de sí misma y de sus posibilidades a la conquista de su autonomía y de un apetecible mundo lleno de sensaciones aún por descubrir. Es al hilo de estas líneas que rescato unas certeras palabras de Ortega y Gasset “tocar y ser tocado son los elementos más decisivos para definir las estructuras de nuestro mundo”.

Cada día Ella me regala momentos irrepetibles de riqueza extraordinaria. Pikler sostenía que todo es posible cuando cambiamos nuestra mirada y conectamos con la auténtica esencia de la infancia. Y es que sólo Ella me transmite ese contagioso entusiasmo tan propio de la infancia en su aventura de aprender a través de los sentidos en un auténtico elogio a la lentitud (palabras que me permito de Carl Honoré), a paso del caracol.

Patricia de la Torre.