Ese cambio no propuesto

El día en que di a luz a mi hija no sabía los cambios que estaba a punto de experimentar. Si los conocía, tal vez no fuese consciente de ellos, pero no tarde en darme cuenta de que nunca más volvería a ser la misma de antes.

Ona llegó al mundo un domingo de diciembre a primera hora de la mañana, después de una tarde y una noche agotadoras para las dos. Cuando me la pusieron en el pecho estaba tan cansada, que sólo podía sostenerle la cabeza y cerrar los ojos. Así estuvimos casi dos horas, hasta que nos llevaron a la habitación. Como Ona hizo su primera toma de pecho en el paritorio, en la habitación nos dormimos los tres: ella, su padre y yo.  Cuando me desperté y la vi tan pequeña pidiendo que me la pusiera al pecho, empecé a darme cuenta del camino que acababa de emprender. El cansancio y los dolores pasaron a un segundo plano; ya sólo me importaba que ella estuviera bien. Tanto en el hospital como en casa no permitimos demasiadas visitas, no tanto por mí, sino por ella. Acababa de llegar a este mundo, necesitaba adaptarse, conocer su nuevo hogar sin interrupciones ni molestias.

Ahí vi mi primer cambio: surgió mi instinto, la parte más primaria de mí. No nos convertimos en una familia, sino en una tribu, y estaba más que dispuesta a defenderla y protegerla. Me sentía tremendamente incómoda cuando alguien cogía a mi cachorra en brazos, como si sintiera que los únicos que podíamos sostenerla éramos su padre y yo. Esa fuerza se abrió camino dentro de mí como un río desbordándose. Yo, la que creía tenerlo todo controlado, de repente me encontré siendo   la cabeza de la manada. De golpe me vi con una criatura cuyo alimento dependía exclusivamente de mí. Llevaba muchos meses imaginando esos momentos, pero la palabra MADRE me golpeó en las entrañas. Cada día que pesaba me levantaba, la veía junto a mí y decía: “es mi hija”. Mi HIJA… Sin apenas darme cuenta, con el paso de los días me percaté que ella pasó a ser el centro de mis horas. Ella se  convirtió en mi prioridad.

Han pasado meses desde que nació y he logrado asentar mis sentimientos, pero creo que ahora son más fuertes todavía. Ella ha conseguido que valore lo realmente importante y que me deshaga de las cosas superfluas. Ella está logrando que cada día pelee por ser mejor persona, por mí y por ella, porque yo debo pelear por ser feliz y ella se merece que le dé lo mejor que tengo. Gracias a ella he comprendido lo que es amar sin condiciones, ni reservas ni miedos. He ganado en confianza y en fuerza; ahora me siento capaz de hacer cualquier cosa porque sé que ella está conmigo.

Hace unos meses me habría conformado con mi vida, sin optar a cosas mejores; ahora, por poco que el futuro vislumbre unos gramos más de felicidad, me lanzo en plancha porque ella y mi tribu se merecen lo mejor.

Me siento poderosa, no sólo por haber sido capaz de dar vida, sino porque eso sentimientos primarios que vinieron hace meses han venido para quedarse, y los tengo a flor de piel. Ahora soy sencilla, más humilde, más abierta, más intuitiva. Ahora aprendo a vivir con poco y en paz, porque quiero que Ona aprenda que en la vida lo importante no es lo que tienes, sino lo que eres. Como quiero ser su mejor ejemplo, me miro en el espejo cada día para ver qué puedo mejorar; gracias a ello, ahora vivo mejor y me siento más en paz conmigo misma.

Paz, serenidad, sencillez, pero también fuerza, decisión, valentía. Todo eso me está aportando esta pequeña criatura. Y no me di cuenta de golpe; fue en el día a día cuando, sin proponérmelo, cambié. No cambié por ella, no fue algo preparado. Cambié y sigo cambiando gracias a ella.

Gracias a ella quiero vivir la vida de forma tranquila, porque es la mejor forma de verla crecer y prepararla para el mundo. Gracias a mi hija valoro más mi vida, me valoro más a mí.

Gracias, hija, por darme un soplo de autoestima y demostrarme que la felicidad está en las pequeñas cosas, como en tus manitas rechonchas o en los besos que nos damos al despertarnos. Gracias por mostrarme el camino y por convertirme en aprendiz. Gracias por hacerme MADRE.

Macarena Llull Molina.