El rol del padre en la crianza

Paz Ferrer

Psicóloga clínica perinatal y Doula.

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La paternidad, su significado y sus implicaciones han sido ampliamente discutidos y reflexionados. Desde la Biblia o el “pater familias” romano al padre freudiano, encontramos innumerables ideas, concepciones e intentos de entender qué o quién es el padre y qué papel tiene en la vida de sus hijos e hijas.

Todos y todas tenemos un padre biológico, que ha aportado el material genético que ha posibilitado nuestro nacimiento, pero la forma de conceptualizar y vivir tanto este hecho como la implicación (o no) de este padre biológico en la vida de sus descendientes varía enormemente tanto geográfica como histórica y socialmente. Además, también existen “padres” o “figuras paternas” sin relación biológica cuyo significado e implicación también ha sido y es tremendamente variable.

Este tema, por lo tanto, daría para horas y horas de reflexión y discusión desde múltiples abordajes, si bien desde aquí hoy, día en que se celebra esa figura del “padre”, queremos lanzar una reflexión sobre la paternidad y el papel del padre en la crianza:

No en todas las familias ni en la crianza de todos los niños y niñas hay presente un padre (biológico o no) u otra figura paterna, pero en aquellas en las que sí que lo está su papel es importante y puede tener efectos a largo plazo en niños y niñas, y a ese papel nos vamos a referir en este artículo.

Por una parte, cuando un niño o una niña nacen y existe y está presente ese “padre”, su papel como sostenedor de la díada madre-bebé es primordial. Ese sostén puede ser físico (ocupándose de la casa, favoreciendo la alimentación de la madre para que ella pueda amamantar, realizando tareas de cuidado del bebé para que la madre pueda descansar o darse una ducha, etc.) y/o emocional (escucha, apoyo, contención…). De hecho, excepto amamantar, el padre puede realizar todas las demás tareas de cuidado de un/a recién nacido/a, e incluso en la lactancia puede realizar labores de apoyo, sostén, logística, etc.

Además de estas labores iniciales, los padres siempre, hagan lo que hagan, ejercen como modelos de comportamiento y actitudes (tanto “generales” como sobre la masculinidad) para niños y niñas. De esta manera, no ofrece el mismo modelo un padre distante emocionalmente que uno cercano y disponible, o un padre que se co-responsabiliza de los cuidados y las tareas domésticas que uno que no lo hace.

Las niñas y los niños son observadores natos, biológicamente predispuestos a aprender de su entorno y a interiorizar roles sociales y modelos de conducta que les permitan integrarse de la mejor manera posible en su entorno social, y la familia es el primero de estos entornos y uno de los principales durante toda su vida. Cada familia tiene sus circunstancias y cada padre (o madre, pero en esta reflexión nos centramos en ellos) tiene su propia historia personal y familiar y sus modelos de conducta y pensamiento, que configuran a su vez sus actitudes y comportamientos en la crianza. Ante estos modelos propios cabe repetirlos y perpetuarlos (sean cuales fueren), o reflexionarlos, hacerlos conscientes y tomar o rechazar aquello que se considere mejor para el desarrollo de los hijos e hijas. En este sentido, el “poder” de un padre para transformar sus propias concepciones y comportamientos y, de esta manera, transmitir a sus hijas e hijos los que considere mejores para desarrollarse y vivir en la sociedad y en el mundo, es enorme, sea consciente de ello o no.

Paz Ferrer

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