El castigo emocional y sus efectos en la edad adulta.

Paz Ferrer

Psicóloga clínica perinatal y Doula.

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Que el comportamiento emocional y aquello que es aceptable o no expresar dependen de la educación y la cultura es una de esas ideas, que aún sin ser conscientes de ella de forma explícita (ni conocer la enorme cantidad de investigación al respecto), forma parte de nuestro conocimiento popular. Expresiones como “los chicos no lloran” o “no te enfades/no llores que te pones feo/a” son solamente un par de muestras de los mensajes que niños y niñas reciben a diario, con frecuencia de su familia más próxima, incluida su madre. Debido al desconocimiento de las consecuencias concretas a largo plazo de este tipo de mensajes.

Uno de los pocos estudios que abordan estas consecuencias fue llevado a cabo por investigadoras de la universidad de Carolina del Norte, en EEUU. El citado estudio buscaba esclarecer la relación entre las reacciones “punitivas” (de castigo o desaprobación) de las figuras de referencia en la infancia ante el enfado o la tristeza y la forma de experimentar y expresar ira en la edad adulta.

El 97% de las y los participantes escogió como figura de referencia a su madre y los datos apuntaron a que cuando las madres habían “reaccionado de forma punitiva” (o sea, castigado o desaprobado de alguna manera) ante la expresión de enfado o tristeza por parte de sus hijos durante la infancia, ellos (y solamente ellos, los de género masculino), presentaban mayores reacciones de ira.

¿Y en el caso de las participantes femeninas?

En este segundo caso, solamente aquellas participantes cuya relación emocional con su madre no era cercana en el momento, presentaron datos similares a los de los participantes masculinos. El resto de las participantes, que definieron la relación con su madre como cercana en términos emocionales, no presentaron reacciones de ira mayores aunque hubieran recibido “punición” por expresar tristeza o enfado en la infancia.

¿Qué significan estos datos?

Por una parte, hay que hablar de la metodología de estudio, ya que en este caso se usaron recuerdos y otras medidas subjetivas (recogidas a través de instrumentos estadísticos, lo cual los valida científicamente). Esto quiere decir que los datos reflejan las experiencias de las y los participantes, lo cual no los hace menos válidos, sino que pone el énfasis en que aquello que configura nuestra realidad. Son las vivencias propias, las elaboraciones subjetivas, aquello que queda en nuestra mente. Sin embargo, es imposible saber la correspondencia real entre lo vivido y los comportamientos que efectivamente llevaron a cabo las madres de las y los participantes.

En segundo lugar, cabe reflexionar sobre la diferente socialización de las emociones en niños y niñas, dado que los hombres y mujeres que participaron en el estudio refirieron niveles similares de cercanía emocional con sus madres, pero su efecto en la expresión de la ira difirió entre unos y otras. Quizá las diferencias en cómo fueron tratados hombres y mujeres expliquen lo que para ellas y ellos significa esa “cercanía emocional” con sus madres. Por ejemplo, investigaciones anteriores habían encontrado que madres y padres usan más términos emocionales y más variados al interactuar con sus hijas que con sus hijos o que las madres tienden a tener mayor cercanía física, contacto ocular o mostrar mayor disfrute en las interacciones con sus hijas que con sus hijos en edad preescolar. Es posible que sean las características de esa cercanía emocional con la madre las que medien en la expresión de la ira en la edad adulta, y no la cercanía emocional en sí. De hecho, un fuerte vínculo emocional con los progenitores es más importante para el bienestar de las hijas que de los hijos, y las características de la interacción emocional de las madres con sus hijas es diferente que con sus hijos.

Finalmente, los participantes de género masculino refirieron haber recibido más respuestas negativas de sus madres a sus emociones negativas, y quizá fuera efectivamente así ya que los niños tienden a expresar emociones negativas como el enfado con más frecuencia que las niñas. De esta manera, según las autoras del estudio, al estar expuestos a más reacciones punitivas por parte de sus madres, y si éstas no fueran acompañadas de una explicación o un modelo sobre cómo expresar de forma adecuada al contexto sus emociones negativas, los niños tendrían más posibilidades de llegar a la edad adulta sin estrategias adecuadas para expresar estas emociones.

¿Qué implicaciones tiene esto para la vida cotidiana?

Con frecuencia resulta complicado trasladar los resultados de la investigación científica al día a día, pero hay ciertos aspectos que podemos aplicar con relativa sencillez y que redundarán en el bienestar emocional de toda la familia, tengan la edad que tengan:

  • Tomar conciencia de que, como madres o padres, tenemos una enorme influencia en el bienestar emocional de nuestros hijos y nuestras hijas, tanto presente como futuro, y de que somos responsables de enseñarles herramientas adecuadas para reconocer y expresar las diferentes emociones.
  • Contemplar la posibilidad de que podemos estar comportándonos de manera diferente con nuestras hijas que con nuestros hijos, y a ellos les podemos estar dando menos herramientas para la comprensión y la expresión emocional adecuadas.
  • Valorar la importancia que una conexión emocional profunda y cercana cono nuestras hijas y nuestros hijos tiene en la actualidad y puede tener en el futuro.
  • Bucear en nosotras y nosotros para encontrar aquellos aspectos de la vida emocional que nos presentan dificultades (enfadarnos, llorar o ver llorar a otras personas …) y trabajar en ellos, así como en el desarrollo de otras estrategias en aquellas áreas en que notemos que necesitamos herramientas para poder relacionarnos de una forma más sana.

Criar y educar, ser madre o padre, es una tarea continua en la que nos reflejamos y, por lo tanto, siempre podemos intervenir para cambiar aquello que no nos satisface o que desearíamos hacer de otra manera.

Paz Ferrer

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